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Respiro
un aire que compartimos
es nuestro, tuyo, de todos.
Es magia transparente que nutre al planeta
vive en mi perro y en mis geranios
atraviesa la tierra para llovernos,
regalarnos vendavales o granizos.
Y también paz.
Ahora nos roban las nubes
el suavizante convierte tu camisa en una pradera
el ambientador de kiwi hace de tu casa un paraíso
el último perfume unisex te vuelve arrebatador.
Millones de euros en publicidad.
Millones de partículas tóxicas en el aire.
El planeta arrastra el cansancio
de un siglo de industria,
sus pulmones intoxicados de químicos
que nadie quiere nombrar.
“Lo que no se menciona, no existe”,
piensan,
pero no es cierto.
Somos canarios de la mina
dando la voz de alarma
la amenaza y el peligro son reales
se escuchan en nuestro canto agónico
en la vida que perdemos al respirar
el humo de combustibles y barbacoas
el champú y el brillo para uñas
la tinta del rotulador de un niño
que imagina un cielo con nubes amarillas.
Podrías pensar que mi sensibilidad es mía
propiedad única e intransferible
solitaria en un mundo globalizado.
Pero somos muchos
cada día más
quienes buscamos “áreas blancas”
–tal vez una quimera–
zonas libres de químicos y radiación
para bailar con el susurro de los sauces llorones
un lugar donde soplen risas y los alisios más puros
donde al cuerpo se le borren las rutinas y los síntomas
donde el alma se convierta en germen
del que brote una nueva lista de deseos.
Un lugar donde se escuche el rumor
de la eternidad que fuimos,
donde se respete la magia del aire que vive
en mi perro y en mis geranios,
que nos obsequia vendavales y granizos.
Y también paz.
Si fuese posible elegir,
como en las tiendas o en el tiro al blanco
hubiese pedido una enfermedad menos compleja,
más normal,
que me diese un respiro
para poder ir al cine o al restaurante,
entrar a una iglesia o besar a un niño.
Agotada
con una herida que nunca cicatriza
como la madre que hubo de parir todas las tierras
sin recibir alimento
me sobran los motivos para no salir de casa:
vómitos y cefaleas
desmemoria y fatiga
el ahogo del pecho
la cabeza revuelta como piezas de un puzzle
agitado vértigo sin abismos
taquicardia y picores
afonía y tos
el insomnio durmiendo en la almohada
dolores del derecho
dolores del revés.
Ninguna pastilla para remediarlo.
Mi piel respira
con su aliento de poros y glándulas
la luz y el ruido que le sobran al mundo.
En mi imaginación soy libre
como el ave que vuela hasta el pico más alto del silencio
como la mariposa que migra a otro país
como el lince que, veloz, deja atrás a su sombra.
Mi cuerpo se guarda en los límites de mi casa
–estrecha cárcel–
aquí no necesito mascarilla
–cárcel aún peor–
con mi purificador doméstico
y una ventana amable
convierto mi hogar en la poesía
donde alcanzo a ser lo que deseaba ser.
El mundo entero se queda tras el cristal:
los amigos y la familia
los coches y las boutiques
aviones fumigando cereales y frutas
la ropa recién lavada del vecino
los transgénicos
la natación y el trabajo
los océanos bañados en mercurio
los bosques sin ramas.
Todas las especies en peligro de extinción.
Respiro
un aire que compartimos.
Cada vez menos.
Vivir con sensibilidad*
Pilar Merino
Mis ojos lamentan las madrugadas,
cuando la luz cruel impone su acción.
El mundo fuera gira de nuevo
y una telaraña de plomo me paraliza.
Me espera la vida, mi vida, esta vida,
encerrada en frascos, en blisters, en cajas…
Para volver luego al sofá o a la cama,
drogas imprescindibles e inútiles, un día más,
para reposar en la telaraña, un día más.
Y al levantarme, renace la heroína que fui.
Rompiendo tejidos y huesos,
arrastro mis pasos hasta el café con pastillas,
hasta el armario de estar por casa…
Recuerdo haberme llamado distinto antes,
haber sido, decían, dinamita.
Ahora soy una sombra de aquella mujer,
ahora me llamarían, quizá, cansadita…
El agua me recorre sin ganas,
me siento a descansar mojada,
molestos los brazos en su camino
alzado hasta cabeza.
¡Qué de pelo! Los dejo caer.
Sigo hasta el final de un aseo eterno.
Las crónicas de lo invisible me arropan
como hicieron ayer y harán mañana.
Los nuevos leprosos encerrados,
en casa, transparentes y callados,
cubiertos por un pesado manto,
que no calienta y da escalofríos.
No nos ven, no nos oyen, no nos saben.
Los demás siguen en sus ruedas de hámster,
ciegos, sordos y atrapados, ellos,
por las rueditas de la misma máquina,
en otra jaula y otra condena.
La soledad nos acompaña más.
Nos envuelve, nos acoge, nos acuna,
fundiéndose con la red invisible,
custodiando nuestro camino parado.
Nos atrapa y se fija a nuestra alma,
esos días, semanas, meses…
Esos años inmóviles que pasamos
como momias de vendas transparentes.
Brota la enfermedad, brota la soledad.
Se alejan los hamsters que nos quieren,
obligados por sus cadenas implacables,
y los que no, no vuelven.
Y nos embosca la noche una última traición.
El sueño que no llega,
el sueño que no perdona,
el sueño que no descansa.
Un nuevo día no traerá reparación
a nuestro cuerpo ni a nuestra alma,
desgastada y triste,
todo cuesta, todo cansa, todo vence, todo mata.
Y por si no doliera el todo ya,
una neblina oscura se adueña de ti,
mentalmente inmóvil, más inmóvil aún,
sin brújula, sin rumbo, sin argumentos.
Pero, a días, ni la niebla importa.
Sobre tu cama, tu vida se amontona,
pastillas, papeles, teléfonos, vasos…
Todo tenía su sitio antes.
Todo se acumula ahora en tu mundo minúsculo.
Sólo los más cercanos comparten encierro,
ajenos a la telaraña de acero,
felices de dormir a tu lado,
comparten tu presencia, antes escasa.
Languidecen, mientras, las otras estancias
echándote de menos,
añorando tus manos y tus pasos
desatendidas y olvidadas desde hace tanto.
Y al pensar, a veces piensas
que llegarán antes la vida, el placer, los amores..
Que otras heroínas, o héroes quizá,
ondeando en la lucha sus batas blancas,
vencerán desde el porqué
con sus saberes y sus curas por bandera.
Al pensar, a veces piensas,
que alejarán a la enemiga peor que nunca falta a su cita.